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Crítica literaria

por Ana Canigia

 

 

Nota al margen de una lectora

Hoy: La falsa pista, de Henning Mankell

Una joven se prende fuego a sí misma en medio de un campo de colza.

Un asesino serial mata y se lleva como trofeo el cuero cabelludo de sus víctimas.

¿Cuál es el móvil? ¿Existe alguna relación entre estos hechos?: en esta ocasión (se trata de la quinta entrega de la saga) el investigador Wallander deberá descubrir la respuesta para estos interrogantes.

El lector, por su parte, acompañará el proceso deductivo que hará posible la solución del enigma y, a la vez, conocerá las inquietudes emocionales de este detective tan hábil como humano, que echa mano también de sus intuiciones para resolver el caso.

 

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No ha nacido lector capaz de atravesar las páginas de La Odisea sin apasionarse: ¿quién no dejó ciego a Polifemo o atravesó el mar de las seductoras sirenas en la piel de Ulises?

El viaje de este mítico héroe ha sido evocado repetidas veces como metáfora de la lectura: de hecho, leer es también viajar. Viajar hacia otros mundos y viajar hacia los territorios no explorados del propio mundo interior.

Sí, sin dudas, leer es empezar a bucear para adentro, en aguas oscuras que quizás jamás fueron tocadas por la luz y el sonido.

Es la literatura la que habilita estos paseos. Y será la literatura también la que ofrecerá las palabras para nombrar aquello que descubriremos, la que nos permitirá simbolizar esas experiencias íntimas.

Michel Petit, en Lecturas: del espacio íntimo al espacio público, lo explica con claridad a través de una anécdota: en las librerías francesas, los libros para niños están ordenados por temas: divorcio, muerte de un ser querido, nacimiento de una hermanita… Su ahijada de cuatro años, que es adoptada, había escuchado con aburrimiento la historia de un volumen tomado de uno de esos estantes y, por el contrario, se había entusiasmado muchísimo con la de Tarzán, que no había sido incluida, curiosamente, en el rubro “adopción”. Petit cita a una directora de escuela, que explica lo ocurrido de la siguiente manera:

Tarzán era muy fuerte y salvaba a todos, a diferencia de los pequeños bebés-objetos a los que se pasan compadeciendo las familias en las historias de adopción. Como sea, es más divertido y estimulante identificarse con Tarzán que con una pequeña víctima. Y ver a papá y a mamá como un mono y una mona.

La nena había podido ver su experiencia de abandono en la de Tarzán y, a través de esa historia, había podido hablar a su vez del abandono.

Creo que experimenté algo similar tras la lectura de la novela de Mankell.
El héroe de este policial negro, Kurt Wallander, debe encontrar a un asesino serial y para hacerlo sabe que antes debe responder: “¿por qué mata? y, sobre todo,¿por qué mata así?”.

A lo largo del proceso de investigación duda de  sus conjeturas, de sus pequeños hallazgos, logra conquistas parciales que siempre somete a revisión: Wallander es un hombre y, en tanto hombre, busca, duda y teme.

Finalmente, nuestro detective logrará capturar al loco que aterroriza a la comunidad sueca de Escania: Kurt es un gran hombre que asume un desafío: no niega su cansancio, se reconoce víctima del desaliento por momentos, siente temor… pero no se rinde: el éxito de su misión se cifra en su perseverancia y en la escucha de su “voz interior”.

En efecto, el investigador creado por Mankell no es una inteligencia abstracta que analiza las pistas que va recogiendo con la colaboración de su equipo de trabajo: es un hijo que tiene un padre que está comenzando a manifestar la enfermedad de Alzheimer; es un hombre que está intentando rehacer su vida amorosa; es un padre que quiere proteger a su hija; es un policía que quiere hacer bien su trabajo.

A través del narrador, conocemos todas las sensaciones de Wallander: las impresiones que le causan los ojos de un niño, el temor o la atención que percibe en las miradas, la sensación de una ráfaga helada que atravesó la habitación donde estaba haciendo un interrogatorio.

Son datos que intuitivamente vincula con la investigación y que determinan la dilucidación del enigma: el olfato lo lleva a buen puerto.

¿Cuántas veces escuché hablar o leí artículos en diferentes soportes sobre el valor de la constancia? ¿Cuántas veces me dijeron: “Escuchá tu voz interior”, o “Seguí tu instinto”? Muchísimas y, sin embargo, recién en la historia de La falsa pista me pude ver representada  tratando de explicar mi pasado, de definir mi presente, de escuchar qué quiero hacer en el futuro, cómo quiero ser; recuperando pistas no siempre defendibles desde la lógica, orientándome con alguna mirada, con algún olor, con algún escalofrío.

Si Flaubert dijo “Madame Bovary soy yo”, y todos fuimos Ulises con la Odisea entre las manos,  “Este detective soy yo”, fue lo que pensé mientras leía La falsa pista.